Llevo tiempo yendo a comprar a una tienda del barrio. La chica que siempre me atiende, desde el primer día, es muy simpática, abierta, amable... y además de mi edad. Actitud la suya, que se agradece de cuando te atienden con ese plus de rebeldía profesional.
Pues bién, desde el primer día noté que era una chica guapa, no se trata de ninguna modelo, pero sí que tiene un cuerpo que motiva los deseos más instintivos de mi masculinidad. Hasta ahí, todo bién. Cuando voy a comprar doy rienda suelta a mis miradas y aprovecho el momento.
Pero el otro día la moza consiguió que me fijara en ella por otra circunstancia aun más natural: llevaba al descubierto un escote que hizo que mis ojos perpetraran una intrusión silenciosa ante esa magnitud certera existente detrás de su ropa. Lo mejor la peca que se le veía entre las arrugas de la ropa.
No pude frenar mi imaginación. Imaginé, pensé y soñé en causas ajenas a mi voluntad inicial, pero mi masculinidad es muy traicionera y amenudo me acarrea éste tipo de circunstancias.
Pronto volveré a ver a la tendera, pero hasta entonces, no sé con lo que me encontraré.

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